28/1/10

Volver


"Dale, ponete las pilas y actualizá. Volvé.Sólo vos tenés la suerte de que tus amigos sigan viniendo aquí cuando te pasas dos meses casi sin aparecer". Parece que las palabras de Mariana, mi hija, hoy me pegaron el empujón para volver a estar aquí.

Pasaron las elecciones, pasaron las vacaciones y es bueno abrir nuevamente las ventanas de este café y compartir la charla.



Ya no tengo el Gcast, deberán activar este nuevo aparatito que lucirá arriba de cada conversación si quieren escuchar la música. No quiero ni pensar lo que diría el de platinada cabellera si entrara aquí y escuchara que no subí "Volver" en su versión original, la de Gardel; pero ésta de Estrella Morente es más acorde a mi sensibilidad y conjuga, además, la cultura de los amigos que me visitan.

Volví. Pero me ha costado volver, no a este sitio sino a la rutina. No es tan fácil bajarse de esa hamaca que se ve en las fotos y volver al mundo: dejar ese alero, ese mar, ese largar el tiempo a transcurrir sin apremios, e instalarse en la vida real.

Como se puede ver en las imágenes, empezó la parranda brindando el 24 de diciembre con Medio y Medio por el comienzo de las vacaciones y terminó el 24 de enero brindando con delicioso cabernet sauvignon mendocino, obsequiado por Fernando y Susy, festejando la amistad y los buenos momentos compartidos. En esos días hubo varios festejos, caminatas, playa, asados, enriquecedores encuentros con amigos, etc.,etc.,etc. Pero yo tranqui; mis mañanas, mis mediodías, mis siestas, mis tardes y mis noches tuvieron un elemento en común: la hamaca, tal como lo anuncié en el dibujito que dejé colgado cuando me fui.

Tal vez muchos estén ansiosos esperando que les diga algo importante y/o les cuente mis aventuras en estas vacaciones. Lamento decepcionarlos; los que viven en este país saben que irse unos días a La Floresta no tiene ningún interés(*): hace unos años que voy allí en enero; es siempre lo mismo, la misma tranquila paz; no encuentro nada nuevo allí, nada parece cambiar. Lo único que hago es alquilar una casa -diferente cada vez- al lado del mar, en un lugar más bonito que el que vivo todo el año. Lo más fuerte que te puede ocurrir allí es cruzarte con Jaime Ross cuando salís a caminar por la rambla o en el supermercado cuando hacés las compras. Pero a mí ni eso me ha ocurrido; no tuve aventuras, no hay nada que contar.

Alguna gente no entenderá cómo pueden darme satisfacción vacaciones así: a menos de cien kilómetros de casa, sin explorar lugares nuevos, sin viajar, sin la buena vida y la atención de un hotel, en la común y silvestre Costa de Oro de Canelones, disfrutando de las tenues olas no siempre cristalinas del Río de la Plata en lugar de aprovechar y aventurarme a las profundas y oceánicas aguas de Rocha o perderme en las dunas de Cabo Polonio, que eso sí que es estar en onda.

Pero ya lo he dicho, yo con un libro, el mate, el de platinada cabellera y unos días libres paso bien igual en el fondo de casa mojándome los pies en una palangana. Si estoy con mis hijos, más. Lo cierto es que para mí -que con el magro sueldo docente muchos veranos he tenido que quedarme en casa y me he conformado con el sólo hecho de gozar junto a Él del privilegio de enero libre- poder ir unos días a La Floresta, tirarme abajo de un pino y estar al lado del mar es entrar al Paraíso.

"Tas loca", dirán algunos. Pasar todos esos días sumida en la nada, ¡eso no son vacaciones! ...Lavando,cocinando, atendiendo huéspedes. Sin internet (sí, lo resistí), sin TV (llevamos, pero no funcionó la antena), y hasta sin radio ( llevamos, pero no la encendimos), puede parecer un acto de heroísmo. Más aún dirán si les cuento que, además, sin freezer, sin microondas y -lo que es peor- sin lavarropas. Con cuántas menos cosas se puede vivir; tiene razón el Pepe cuando dice que con su austeridad él compra libertad, tiempo libre para hacer todo lo que desea. Más loca, todavía, pensarán que estoy si les digo que la gran mayoría de los días no éramos cuatro, sino seis u ocho o doce o más. Pero pasé bien, sin complicarme, dejando transcurrir, dándole gusto al cuerpo. Disfruté de las largas charlas con mis queridos, del tiempo sin agujas,de lecturas, de encuentros enriquecedores con buenos amigos, de festicholas, de los antiguos juegos de mesa -no virtuales, sino de caja y cartón- con mis hijos y mis sobrinos, de reencontrarnos en la risa y en el tiempo libre con mi cuñada y amiga Helena.

Cuando llego exhausta a estas vacaciones tan largamente esperadas yo no quiero viajes, no quiero acción, no quiero aventuras, ni siquiera quiero conducir muchos kilómetros para llegar. Yo sólo quiero eso: estar con mi familia, quedarme en blanco, dejarme transcurrir. En ojotas, sin horarios, sin el timbre de la puerta, sin teléfono sonando, sin preocupaciones, con Él, con ellos, con una buena novela. Y el mar; despertarme sintiendo el olor a pez, a yodo y a salitre, dormirme escuchando el ruido de las olas.

"Sigamos al pedo" decía un grafiti escrito en la camiseta de un joven que se tomaba despreocupadamente una cervecita en la pizzería de a la vuelta. Y creo que no hay mejor síntesis que esas palabras para definir lo que quiero yo cuando estoy de vacaciones.

Descansé. Y si esas tres semanas estuvieron buenas, el fin de semana pasado en el departamento de Colonia, con buenos y hospitalarios amigos, estuvo mejor aún. Pero eso no lo voy a contar aquí, en esta etapa vital que estoy transitando siempre es bueno y atractivo mantener algún misterio.

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(*)Ver post de Andrea: Guía práctica para conocer el Uruguay – Episodio VII Costumbres uruguayas, tercera parte: la casita de la playa, en"Ajo y Agua"-28/05/08 (para ir, pinchá sen lo subrayado)