26/3/10

Un amor...

Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido a los fogonazos
de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo, pero también
para todas las posiciones intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.
Roberto Juarroz

13/3/10

¿Quién no guarda uno?...


Sabía que la Spica iba a llevarlos muy lejos; podía suponer que -como a mí- les iba a traer a los viejos; sabía que nos iba a transportar a otros tiempos en donde la vida era muy distinta. Lo que nunca imaginé es que a algunos los llevara a malos recuerdos como Chicotazo, nada más lejano a mi intención y que bastantes dolores de cabeza nos trajo.

Así que trataré de reivindicarme con lo de hoy, que estoy segura los va a llevar a una parte más loca y divertida de la existencia o ,al menos, mucho más sensual.


¿Quién no guarda un Fitito en un empolvado rincón del corazón?...

¡Vamos!... sé que aunque algunos no hayan sido propietarios de uno de estos, alguna historia de Fititos guardan: que qué regalo más divino, que qué viaje más loco, que la palanca de cambios, que aquel asiento reclinable y la luna llena, que la colecta para la nafta, y un largo etcétera que Ustedes sabrán. Si empiezo a preguntar a uno por uno, sé que tendrán algo para contar.

Estoy absolutamente segura de que están viendo esta imagen, piensan en el "FITITO" y se les dibuja una sonrisa picarona en el rostro, además de sentir un cosquilleo en el pecho.

Muchos de los alumnos con los que me he reencontrado a lo largo de la vida, cuando me ven se ríen y dicen que me recuerdan por "el Fitito de la Flaca". Les daba gracia verme llegar al liceo en aquello y tener que empujarlo todos los días cuando me iba. Algún empleado de la estación de servicio de mi barrio todavía recuerda cuando iba de mañana a cargar un litro de nafta (sí, un litro; no sé de qué se asombraban si yo con eso andaba como tres días). Si le preguntan a Rossana, seguramente se va a acordar cuando caía en Malvín a las diez de la noche a tomarme un café; también se acordará cuando hacíamos colecta para la nafta, le abríamos el techo y paseábamos por la rambla dejando a pie al Gordo porque si él subía se nos caía el piso y, además, casi no marchaba; Santiago y Beatriz estoy segura que van a contar que se pasaban diciendo "vendé esa porquería", o que solamente a mí se me podía ocurrir tirarle agua y apagarlo cuando se me prendió fuego en lugar de dejar que se estropeara totalmente para que me lo pagara el Seguro; Él va a decir que siempre que se subió a esa porquería para andar conmigo lo dejó a pie y que nunca pudo explicarse que yo siempre lo defendiera y tuviera una relación afectiva con algo que era simplemente un auto. ¡Cosas de insensibles! ... Para mí que estaba celoso.


Pero lo cierto es que cuando pienso en "la FITI" a mí también se me dibuja una sonrisa y se me viene un cosquilleo. ¿No es divina?...
No era "600", sino "500 Viajera" del año 63. Mi madre le decía "la camioneta" (como si fuera enorme), porque tenía puerta atrás y cerrándole el respaldo trasero quedaba con caja. No tenía asientos reclinables, pero bastaba tirar de dos palanquitas ubicadas al costado del parabrisas para sacar hacia atrás la capota y tener por techo al cielo y las estrellas.

Siempre la traté así, en femenino, como a una mujer amiga:"¡vamos Fiti, todavía!", "¡no te me vayas a romper justo ahora en esta oscuridad!" , "¡una cuadra más, una cuadra más, por favor, no seas mala, llevame hasta casa!" ,"¡dale,dale, apurate a cruzar que nos parten al medio!"...

Cuando la compré no sabía manejar aún. Lo peor es que no me había quedado plata ni para ponerle combustible por varios meses, por lo tanto no tenía cómo salir a aprender. Mis amigas venían a conocerla y me traían de regalo una damajuana con diez litros de nafta. Si no, no subían. Así aprendí a manejar. También tuve que aprender a arrancar en segunda cuando me empujaban, cambiar bujías, aguantarlo con el embrague y el acelerador para que no se apagara en la mitad de la calle, cambiar las ruedas que siempre se pinchaban, etc.

Al principio, la estacionaba en la puerta de casa y me pasaba el día asomándome a la ventana para mirarla y convencerme de que no era un sueño. La primera vez que volví de Montevideo sola a las tres de la mañana, sin tener que haber pasado dos horas muriéndome de frío y de sueño en la terminal esperando el ómnibus, cuando prendí la calefacción (creo que era lo único que más o menos funcionaba) y me dejé envolver por la música bajita que sonaba en la radio y vi que iba a llegar a casa en tan solo media hora de viaje, creí que estaba soñando y que me hallaba en el paraíso.

Parece una pavada y estarán diciendo que exagero, pero sentía que la Fiti era una especie de pasaporte a la libertad. Hay que vivir a 23 km. de la capital, de los amigos y de todas las actividades que a uno le gustan para saber lo que significaba eso.

Propongo que desembuchen aquí las historias de Fititos que tienen guardadas. Y para empezar les cuento que en un Fitito azul del Tordo, sus amigotes el Santi y Beatriz, en un lejano Piriápolis,trajeron a mi vida al de platinada cabellera.

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Nota: he sacado los reproductores de audio de entradas anteriores porque se encienden solos y suenan todos a la vez. Estoy pensando seriamente en dejar el boliche sin música de fondo.