21/2/09

Ojos de papel


Hay imágenes, como ésta, que guardan infinitas historias. Pero por hoy sólo voy a decir que cuando abrí el email que la traía sentí, no sé, algo así como un golpe; no sé si un golpe bajo, un cacheteo o un mazazo en la cabeza.
No supe por qué. No entendía nada. El tiempo daba vueltas en círculos. Parecía haberse detenido. Sólo pude articular un “¡ahhh!”… y quedarme en blanco. Él, que estaba al lado mío y me vio la cara, me preguntó si estaba por llorar. Dije que no, pero sentí los ojos humedecidos.

8/2/09

Menú del día


Hoy cociné conejo. Conejo, sí, eso que en las góndolas del supermercado luce bajo el cartel de “carnes exóticas” junto al pato o las ranas. Pero este conejo de hoy no era de esos, no era exótico. Era un simple conejo criado por una amiga que me lo regaló ayer. Ésta es una de las ventajas de vivir en una ciudad del interior, cerca del campo.

He valorado y apreciado mucho ese regalo; ella pasó el trabajo de criar al animal, faenarlo y renunciar a comerlo para demostrarme su afecto regalándomelo. Lo hizo, además, rindiéndome honores en la cocina, pensó que yo lo sabía guisar exquisito. ¡Qué compromiso!... Nunca había cocinado conejo, ni tenía idea de cómo debía hacerse. Es más: desde mi infancia que no comía conejo, tampoco sabía que ahora era considerado una carne exótica. Cuando en mi casa se comía conejo, era porque mi madre lo había criado y engordado; igual que para comer huevos había que criar a la gallina; y que para tener patos y pollos había que conseguir huevos con galladura, encluecar a la pata o a las gallinas y esperar a que nacieran los patitos o pollitos y que crecieran. Esas carnes no existían en el supermercado - además, en La Paz no había supermercados, sólo almacén- ; a lo sumo, si no se producía en casa, se le compraban a algún vecino que se rebuscaba criando. Y si te gustaban las ranas, ya ni siquiera podías comprárselas a algún vecino, tenías que ir personalmente a cazarlas a las canteras. En el barrio nadie andaba con barbacoas ni cosas ornamentales, tales como césped y canteros con flores, en los terrenos del fondo; el fondo más bello era el más utilitario, el que tuviera el mejor gallinero y el terreno mejor plantado, aquel del que pudieran sacarse las mejores verduras para el puchero. En casi todos los hogares esa tarea la realizaban los hombres cuando volvían del trabajo como si se tratase de un juego, un entretenimiento, una diversión; en el mío la hacía mi madre compitiendo con don Rómulo, que generalmente le regalaba las semillas, y con los demás.

Mis hijos no tienen la menor idea de qué es eso. Son de otra época. Por eso me da tanta rabia cuando antes de probar la comida, a veces, dicen “no quiero” o “qué asco”.
Ya sé, me fui de tema, pero quería decir que el regalado conejo me trajo un montón de recuerdos y que comer hoy el conejo no significó sólo eso, significó andar con un montón de nostalgias rondando en el corazón y los fantasmas volviendo a casa, como la magdalena de Proust. La quintita en el fondo, el gallinero, el cantero del perejil y la albahaca, los tomates, los choclos, los morrones y las acelgas recién arrancados de la planta, las hojas de orégano secándose al sol, la salsa en conserva, los dulces caseros, los duraznos en almíbar hechos en casa, la vineta aprovechando la uva del parral, las manos de mi madre puestas en todo, la cocina inmensa en donde transcurría nuestra vida…¡Y eso que vivíamos en la ciudad, una casa pegada a la otra,con calles de asfalto y todo!...

Antes de empezar a cocinar, mirando hoy al conejo ahí sobre la tabla en la mesada esperando que le echara mano, me di cuenta de que no tenía la menor idea de cómo se hacía. ¿Lo haría en escabeche, asado al horno, o estofado?... ¿Estaría a la altura de tanta expectativa generada por el pobre animalito en mi hogar?


Finalmente lo hice a la cacerola, con la convicción de que jamás me quedaría como a mi madre o a mi abuelo Manuel. No tenía la receta;pero la cocina no es cuestión de recetas, es cuestión de cultura que se transmite. Y también de arte e intuición. Heredé de mi madre las dos cosas.
Desde hace un tiempo, a veces me desdoblo y mientras una parte cocina, la otra me observa. Me miro las manos, tan parecidas a las otras. Parece que escucho “¿tanta sal le ponés?”,”¿por qué mejor no lo cortás más chiquito?”, “si lo dejás enfriar afuera del agua de la cacerola te queda negro y feo”,”¿lo vas a hacer con el fuego tan fuerte?”,”el secreto es ponerle el agua tibia, no hirviendo”, etc.,etc. … Mis manos se mueven diestras, rápidas, precisas, seguras, expertas. Sé que pertenezco a una especie en extinción. Soy de mediados del siglo pasado. Y, como hoy, siempre ando volviendo. Las cacerolas son las mismas.

No se imaginan lo que daría por haber mirado cómo se hacían las croquetas de papa rellenas, por haber estado atenta a la receta del arroz con leche y de la rosca con chicharrones, por saber cómo se hace el pirón, o por volver a comer nuevamente aquella salsa para puchero hecha con tomate encerrado en una botella y fermentado al sol.

Mientras escribo,me sigue rondando la nostalgia... Me conformo degustando este licorcito casero de dulce de leche que hice la semana pasada...¡Salú!