23/11/08

Saudades


Tanto hablar algunos de caipirinha refiriéndose a mi persona en el blog del Santi, que no pude hacer otra cosa que aparecer, prepararme una bem gelada con la receta original: limón pisado con azúcar en el vaso -mortero de madera, cachaça Velho Barreiro (nada de vodka como la toman algunos) y hielo molido... ¡ahhhh, qué saudades!...

Pongo música de Chico, tomo el primer trago, cierro los ojos, demoro la caipirinha en mi boca para sentirle bien el gusto y trato de volar hasta Río de Janeiro, de tomar distancia, de estar muy,pero muy lejos de acá... No es que me quiera evadir hacia el pasado, no; es que cuando estoy muy cansada -como a esta altura del año- siempre sueño con aguas cristalinas, arenas doradas y sol ardiente. Si es a ritmo de samba, mejor. Después de todo, el calor de hoy es casi el mismo, la música es la misma, el gusto de la caipirinha es igual. No es cuestión de andar achicándose, para qué una tiene la imaginación.




No estaré en el mítico Barril 1800 de la rambla de Ipanema, ni acodada en la baranda del mirador del Corcovado con una de las Siete Maravillas a mis pies, pero bien que puedo compartir este momento (si miran las fotos de la presentación de arriba) y un ratito de Vinicius y Toquinho con ustedes.





(No olviden apagar el audio a la derecha antes de activar el video)



18/10/78
*Fotos bajadas de Internet

1/11/08

Truco o trato...



Hoy en América del Norte y en no sé cuántos lugares más transculturizados como nosotros, los niños y algunos no tan niños festejan la noche de Halloween. Los que viven aquí saben a qué me refiero, los amigos de otras partes, que no sepan lo qué es, busquen el significado de esta fiesta en Santa Wikipedia, no voy a escribir aquí lo que pueden leer directamente allí.

Los que me conocen saben que pocas cosas son más detestadas por mí que yanquilandia. Saben que cuando me dicen “Dale, no podés decir que no te interesa Nueva York”, sistemáticamente respondo “No, no me interesa”. Saben que cuando Él me dice “No seas bestia”, yo le respondo “En el caso hipotético de que fueras a dar un concierto en New York o Washington y que yo pudiera viajar contigo con todos los gastos pagos, a mí tirame antes de llegar, debajo de alguna palmera al lado del mar Caribe, y pasame a buscar a la vuelta. Parece una exageración pero juro que si me dan a elegir entre cualquier lugar subdesarrollado y el Number One, elijo cualquier lugar. Todo esto para decirles que hoy es Halloween. Que mi primer encuentro con la fecha fue en la barraca a donde fui a comprar barrotes para cortinas del liceo y me topé con una niñita preciosa vestida de hada rosada. Sería para vencer a las brujas, digo yo, y para convertir en príncipe a la calabaza calada. Lo primero que pensé fue en las Melli y en las otras dos divinas nietas del Santi, que andarían disfrazándose, pintándose la cara y saliendo por el barrio a pedir golosinas.

Sonreí. Me di cuenta de que si bien Halloween no tenía nada que ver con mi uruguayez, me gusta ver a los niños divertirse. Me acordé de los disfraces de mi niñez cuando no existía Halloween, que no eran comprados como los de ahora; me acordé de las tardes con la Gorda, mi amiga, disfrazadas arrastrando por el piso aquellos vestidos de nuestras madres y los zapatos de taco que ya no usaban y con los que nosotras chancleteábamos por la vereda con una cartera vieja colgada en un brazo, la muñeca en el otro y un sombrero antiguo en la cabeza. Juro que me vi. También me vi con los disfraces maravillosos que me hacía en papel crepê tití Lilí, mi vecina, para que saliera a jugar a la vereda con los amigos del barrio en los días de carnaval.

Ya a esa altura, habiendo visto pasar más brujitas y niños vestidos de negro con máscaras espantosas, el asunto me estaba encantando. Me acordé de mis hijos hace unos años revolviendo todo para armarse un disfraz. Había terminado haciendo una capa negra, comprando dos caretas espantosas que todavía andan por ahí, una de bruja y otra de calavera, y dejándolos salir a pedir golosinas: “¿Truco o trato? ”, y todos elegían “trato” y ellos volvían llenos de caramelos, chicles y chocolates, con la bolsa y la boca llenas de golosinas, riéndose a carcajadas.

Me pareció entonces escuchar aquellas risas. Y se me vino toda la nostalgia – les dije que había llegado a la edad de la añoranza-; aquello ya fue. El chico cumplió dieciocho años antes de ayer y la grande, además de estudiar, ya empezó a trabajar. Me pasó como aquel baldazo de nostalgia que me vino el día que desclavé unos clavos que había en la pared del living y me acordé que eran los que sostenían los manojos de los globos de los cumpleaños y que ya nunca más habría cumpleaños infantiles en casa.


Entonces salí de la barraca, crucé la calle, fui al quiosco, compré una bolsa de caramelos y me vine para casa. Vi pasar a muchos niños disfrazados, pero ninguno me dio ni la hora.

Por suerte, cuando ya me había olvidado de tanta nostalgia, como a las diez de la noche tocó timbre una brujita. No era del barrio, pero venía como a mí me gusta: con un disfraz casero hecho con ropas rejuntadas, la cara pintada con mucho negro y un pañuelo negro en la cabeza.

“¿Truco o trato”?...”¡Trato!”… Y le di todos los caramelos emocionada.

¿Me estaré ablandando?... ¿Andaré con la guardia baja?... Miren si todavía termino pidiendo invitación para la "Halloween Swingers Vip Party" de Punta del Este,con la que se abre hoy la temporada.