24/1/08

Y vos...¿a qué jugabas?


La pregunta la hizo Ross en "El cristal con que se mira", y los recuerdos se me agolparon y se me salieron solos. Ya saben, estoy en la edad de la añoranza. Pidió que colgara aquí mi comentario para que se conversara en esta mesa, dice que es bueno rescatar de la memoria aquellos juegos del siglo pasado que se están perdiendo, aquellos que jugábamos cuando no existían las computadoras. Si hablamos de eso tengo cuerda para rato, puedo hablar hasta del tiempo en que no teníamos televisor. Tal vez podamos armar una antología del juego no virtual. ¿Compartís el café?... ¿Quién se anima?...

...jugaba, por ejemplo, a la escondida y si te descubrían no te mataban, simplemente la quedabas.

“Alguien dijo una vez
que yo me fui de mi barrio,
¡pero cuándo!... ¿Cuándo?...
¡Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé,
las estrellas de la esquina
de la casa de mi vieja,titilando
como si fueran manos amigas,
me gritan: ¡flaca!,¡flaca!...
vení, quedate aquí...
quedate aquí...”

El Polaco me susurra,bien cascado, a Troilo en el oído.

Cuando paso por mi barrio, allí donde también jugaron mi abuelo y mi padre, me late el corazón. A diferencia de vos, yo me pasaba la vida en la vereda, jugando. El barrio era todo nuestro, también las casas de los vecinos. En el barrio, todos (o casi) éramos como hermanos; los más grandes cuidaban a los más chicos; corríamos con libertad absoluta. Nuestras madres, cuando llegaba la nochecita, se asomaban al portón y gritaban nuestro nombre y ahí, al toque, aparecíamos desde otras veredas. En esa época, por suerte, no era necesario que lleváramos el celular colgado en la cintura, era todo más seguro y más directo.

En realidad, jugaban los varones, y nosotras - la Gorda y Yo- moscardeábamos todo el día atrás de nuestros hermanos mayores esperando el momento en que se compadecieran o se hartaran de nuestras súplicas y nos dejaran participar un poquito de sus juegos selectos. Es así que, al menos cinco minutos por día nos prestaban los zancos hechos con dos palos de escoba, o la honda que les había regalado el abuelo, o los patines, o ( y esto era lo máximo) si los empujábamos toda la tarde en la bajadita de la otra cuadra, nos prestaban la chata para una vueltita o dos.Pero lo más divertido, sin dudas, era cuando todos los varones de la cuadra y aledañas, inspirados en la serie“Combate” de la televisión, jugaban a la guerra. Nada de games en la PC, aquello era un simulacro concreto de la realidad a pesar de que las ametralladoras también eran fabricadas con palos de escoba. El juego duraba días: había dos bandos contrarios; se planteaban objetivos que debían cumplir los soldados; se trazaban las estrategias; se cavaban pozos en los terrenos baldíos y se cubrían de ramas para hacer caer al enemigo en las trampas; se tomaban prisioneros; se practicaban peligrosos espionajes en el campo contrario; y después de varios días de juego, el bando que tuviera menos muertos o prisioneros era el que ganaba. Ahí sí, a la Gorda y a mí -únicas niñas entre todos ellos- no nos dejaban ni picar.

Finalmente nuestro ingenio los venció; corríamos toda la tarde atrás de ellos, vestidas con una túnica vieja, un gorro de enfermeras que nos habíamos fabricado y la valijita de la merienda de la escuela convertida en botiquín. No podían echarnos, éramos la Cruz Roja que les socorría y éramos las que determinábamos si, con la herida recibida, estaban vivos o muertos. Finalmente dependían de nosotras, su suerte estaba en nuestras manos. Todavía hoy, los muy machotes, cuando el combate se pone fuerte y la vida arrecia, vienen a buscar auxilio al botiquín corazón de sus hermanas.

Y vos...¿a qué jugabas?

21/1/08

Ayer


Mejor dicho, antes de ayer ellas revivieron aquella vieja costumbre de sábado, de encontrarse cara a cara y conversar. En eso son inmutables, el humo no fue virtual esta vez, el mate de la tarde tampoco.
La Flaca fue, como en aquellos tiempos, convocada por la otra, como en los viejos tiempos. Ya no se acordaba ni dónde había que doblar para llegar, pero llegó; la otra estaba parada en la esquina, esperándola. No hubo necesidad de globos de colores colgados como señuelos en el poste de la calle, a esa casa siempre se llega –porque siempre estuvo y está abierta con señales para los amigos- y después cuesta arrancar para la vuelta.

Ella tenía todo previsto para no tener nada que hacer y aprovechar el día en el encuentro. Cocinó antes, ordenó todo, sacó a los gatos. Él, el de la Flaca, dijo “no, andá vos sola”; Él, el de ella, se borró. Ellos las aman, son sensibles, las conocen, saben de la importancia para ellas de estos encuentros con humo real transcurriendo por el tiempo. Después de todo, saben que en los últimos cinco años sólo se vieron dos veces, una en aquella fiesta y otra en el famoso encuentro de la generación en donde eran como treinta.

Se pensará que anduvieron muy lejanas, pero no. Aunque en los últimos veinte años se hayan visto muy poco, veinticinco kilómetros de distancia, la casa, ocho o diez horas diarias de trabajo, estudiar, los hijos, los maridos, y un largo etcétera nunca lograron vencerlas y hacerlas ajenas. Entre ellas jamás hubo silencio, siempre hay encuentros; ellas son – y sin dudas, ya está dicho- las mujeres que más largos cafecitos juntas se deben haber tomado en la vida, y de trasnochar en veladas conversadas y cantadas hasta el amanecer ni qué hablar. A esta altura ellas pueden afirmar que han burlado con humor todas las distancias, siendo pioneras en utilizar todos los medios de comunicación: primero el Codet y el 68, después el teléfono, el email, ahora los mensajes del celular y hasta el blogspot; saben que, si es necesario, igual sabrán interpretar hasta las señales de humo para encontrarse.

Cualquiera podría pensar que después de tanto tiempo sin verse, tal vez el encuentro fuera un fiasco, de esos que te hacen sentir “y yo qué estoy haciendo aquí”, que ellas se encontraran tan distintas que no tuvieran de qué hablar, que hubieran tenido que recurrir a la piscina, o a la música y la TV para dejar transcurrir el tiempo sin tropiezos, pero no. Ni el mate armaron de mañana. Se tiraron despanchurradas en una hamaca debajo de un árbol y no les alcanzaron los segundos ni el silencio para hablar, tanto que hasta tuvieron que ordenarse anotando en un papelito la secuencia de los temas a seguir. ¡Seis horas ininterrumpidas conversando sin parar!... Ellos fueron sabios al faltar con aviso, porque eso –ya sabemos- no hay hombre que lo resista.

Conversaron del presente, el tiempo no dio para la nostalgia; no rememoraron aquellos tiempos cuando la Flaca empuñaba el Fitito valerosa y se atravesaba dos ciudades y un túnel peligroso a las diez de la noche para caer a tomar un café, ni las mateadas mañaneras en la playa de Malvín, ni las veladas poéticas, dramáticas, musicales y siempre de actualidad del apartamento del centro, ni los amores pasados, ni los kilos de menos, ni cuando la otra eligió trabajar en aquella zona alejada y rural del interior por el sólo gusto de no dejar sola a la Flaca y ayudarla en el empeño de construir lo que siempre soñaron para su profesión.
Conversaron de hoy, como siempre, y se rieron a carcajadas de sus cincuenta, de sus lumbalgias, de sus rutinas, de sus hastíos. Y esa risa – saben qué- era la misma, la misma aquella de cuando Ella pintaba tarjetas mientras la Flaca le cebaba mate y miraban el teleteatro venezolano de las seis y tocaban timbre los siempre tan intelectuales amigos y ellas apagaban raudamente el televisor y prendían la radio en la Sarandí para mantener la imagen y que no las fueran a tachar de cursis.

¡Seis horas ininterrumpidas conversando sin parar!... y el tiempo no dio. Para colmo, a las cinco llegó Cabral; los maridos no estaban, los jóvenes no demandaban, los gatos ni se vieron, les quedaba una hora todavía, pero llegó Cabral… Y por más que le dijeron que eran amigas desde los diecinueve, que hacía cinco años que no se veían, que encuentros como ése eran especialísimos para ellas, que no había nadie porque así conversaban en paz… Cabral allí, inamovible, ensilló el mate, no se iba, y hablaba de sonseras robándoles los últimos minutos de conversación.

Habrá que esperar una próxima visita para todo lo que quedó anotado en el papelito. Esa vieja costumbre de ayer es de siempre, no se pierde. Mientras tanto bolichean por aquí, donde también continúan con la vieja costumbre de encontrarse y reírse a carcajadas.

17/1/08

El no tan ansiado retorno

Bueno…aquí estoy nuevamente. La verdad, los extrañé… pero no tanto como para añorar el café e ir al ciber a encontrarme con ustedes.
Los días de vacaciones pasaron como el Concorde, se me volaron por el jopo; pero yo me pasé así, tal cual se los dejé colgado en la imagen que lucía a la derecha: tirada, tomando mate, pensando, leyendo, fumando, escuchando música, comiendo ricos asados con los amigos, degustando algún tintillo, haciendo largas caminatas mañaneras, tratando de disfrutar cada momento y de almacenar en la retina cada rincón del paisaje y en cada poro de la piel todo ese sol y ese mar para poder resistir hasta las próximas todo el trabajo que se me viene cuando termine la licencia. Comparto con ustedes una de las puestas de sol que aplaudí en esos días. Y no les cuento más de las vacaciones, después de todo cada uno habrá tenido las suyas, algunas –sin duda-, como las de Le Santi, mucho más interesantes que las mías. Ya lo sabemos: lo importante no es el lugar, es la actitud.
Tampoco les voy a contar de la llegada a mi hogar, de las cucarachas y de las hormigas que encontré en casa y debo exterminar, ni de las montañas de ropa que lavé, doblé y guardé, ni de la desolación de la heladera y la alacena vacías esperando mis manos a la obra.

Sólo les voy a decir que me fui con la autoestima bastante descendida: cuando una empieza a sentir el otoño en los huesos y las carnes y, además, tiene que trabajar ocho horas por día y después seguirla en casa, ya saben, lo del misterio de la mujer otoñal y madura se va al mismísimo carajo. Mi amiga Ross dice que qué es eso de achicarse, que esta etapa de la madurez es la plenitud, que “éste es el momento del culto al intelecto, al conocimiento, a la sensibilidad, a la vocación, que nos llegó la hora de no deslumbrar con lo de afuera sino con lo de adentro”. Lo cierto es que al esfuerzo de intentar deslumbrar con lo de adentro yo ya estaba acostumbrada –siempre fui flaca muy Flaca-, pero cuando llega Él y yo no corro hasta la puerta a recibirlo porque se me queman las papas fritas y en lugar de perfume francés huelo a fritura
barata y -aunque lo extrañé todo el día- le doy un beso descuidado mientras manejo con expertez la espumadera en vez de proyectos profesionales interesantes y pateo los championes que los jóvenes dejaron tirados justo en el medio de la cocina, me pregunto dónde quedó todo aquello, todo aquel glamour, todo aquel charme, toda aquella taquicardia que me explotaba en las sienes cuando lo veía llegar… y sueño con una mesa para dos, con bolero y vela encendida, con aquellos tacos altos, con el vestido negro y justo, con el cara a cara piel a piel. Y cuando me suena el bolero y las jazz band en la cabeza y se me impone esa imagen de la mesa para dos y me veo en la dura realidad haciendo malabarismos frente a las cuatro hornallas humeantes de la cocina, con olor a comida – ya les dije-, posponiendo, además, aquel trabajo que tantas ganas tengo de ponerme a pensar y a escribir y que descansa eternamente guardado en una carpeta arriba de mi escritorio deshabitado, entonces… entonces no hay mujer que aguante y que resista , y ahí la autoestima se me va al carajísimo (por no usar otra expresión más contundente y muy común en el barrio de mi amigo el Santi).
Así me fui… destrozada por los embates del 2007 -que fueron duros- y sintiéndome gorda, vieja y fea. Lo peor no era la reventura de las várices, no, ni las canas que hábilmente disimula la Loreal, ni los diez kilos demás que cargo desde hace un tiempo como una pesada mochila, ni las patitas de gallo al costado de los ojos, no; lo peor de lo peor era esa porfiada grasita abdominal que no logro vencer ni aún matándome de hambre y comiéndome la mitad de las cinco milanesas habituales o los tres platos de pasta y que no lograba disimular ni con la detestada malla entera. Ya al primer día de estar allí, de oler esa brisa, de disfrutar ese mar, ese sol y ese jardín, mi autoestima comenzó a recuperarse aceleradamente, ya saben: lo importante es la actitud; sé que se recuperó totalmente cuando , como en aquellos tiempos, empecé a sentir de nuevo sin mirarlo la mirada de Él quemándome en mi espalda. Tanta autoestima junté que hasta volví a la intrepidez de calzar el biquini nuevamente; el 31 cociné como siempre, como burra, pero brindé –tal cual lo soñado- por nosotros y por todos ustedes bailando en la playa y chocando las copas mojándome los pies con la espumita del mar. Desde entonces, hay un brillo renovado en mi mirada y la sonrisa se me brota sola. La imagen que cuelgo a la derecha es la representativa de mi interior en este momento, ya saben que la de afuera es la de la Flaca de siempre.
Así estoy para empezar con el 2008. Y el cenáculo queda abierto nuevamente. Me llevé varias sorpresas al abrir la puerta: se ha sumado Sil, a quien prometo visitar; me encontré gratamente con Claudia la Chef llamada por el mate y tentada con el calorcito de nuestro verano, a quien esta vez hablaré cuando entre a su cocina; anduvo Ross por aquí y siento haberla defraudado, pero la magia de los Reyes y toda la desenfrenada pasión de Él no dieron para una laptop; me topé con la volqueta del Carli y se me salieron un montón de fotos viejas clamando por ser recuperadas; me reí con Le Santi imaginándole flotando con su enorme panza en las turquesas aguas brasileñas,fumando sin parar, con una ostra cruda en una mano y en la otra el copo lleno de caipirinha, tratando de que no se le vuelque la bebida ni se le apague el pucho como en los remotos tiempos de la moto; me sorprendí furiosamente con el incumplimiento de K; y me sigue creciendo la expectativa con el silencio del Marqués.
A todos los abrazo y espero encontrarlos una noche de éstas con un oscuro y humeante café.